miércoles, mayo 23, 2018

Horcajo, el párroco de los pobres.



http://opusdei.org/es-es/article/labor-pastoral-social-madrid-sacerdote-sociedad-sacerdotal-santa-cruz/

«El Señor me ha casado con los pobres, y estoy encantado»

José Manuel Horcajo lleva nueve años al frente de la parroquia de san Ramón Nonato, un hospital de campaña en Puente de Vallecas (Madrid) abierto todo el día donde los vecinos se encuentran con Dios mientras salen, con ayuda, de la miseria. Es la obra social familiar Álvaro del Portillo. Hombres y mujeres destrozados por el hambre, el maltrato, las drogas, el alcohol y unos hogares en guerra civil, han muerto y han resucitado aquí. No es una manera de decir.
TESTIMONIOS
Opus Dei - «El Señor me ha casado con los pobres, y estoy encantado»Don José Manuel acoge la visita del cardenal de Madrid, Mons. Carlos Osoro, a la parroquia y a la obra social beato Álvaro del Portillo. Fotos: @FJBerguizas
“Puente de Vallecas. Es primavera, pero aquí la nube de la pobreza, de las vidas tristes, del hambre, del maltrato y de las familias amargamente descuajeringadas está siempre ennegreciendo el ambiente.
José Manuel Horcajo es el párroco de san Ramón Nonato desde hace 9 años. Misa. Oraciones. Bodas, bautizos y comuniones. Y mucho más, porque este templo, que parece una fábrica, es, en realidad, un parque de atracciones de esperanzas con su obra social familiar Álvaro del Portillo.
La parroquia de san Ramón es un cielo abierto de posibilidades. Aquí se habla de Dios y se facilitan panes bajo el brazo de personas que habían tirado la toalla y encuentran segundas, terceras y cuartas oportunidades para volver a la casilla de salida y cimentar de nuevo sus futuros sin vender sus almas al diablo de la desesperanza.
Estamos en un barrio bajo un puente. Gente sin preparación y con muchas dificultades para formarse suficientemente y encontrar un hueco más allá de la pobreza. Familias dinamitadas por el alcohol, la droga, el odio, los llantos perpetuos y esa nube gris oscura casi negra que ha decidido asentar aquí sus malos augurios y sus injustas consecuencias.

Sacramentos y tápers
Cuando José Manuel Horcajo se ordenó sacerdote en 2001 nunca pensó que este sería su ministerio, a medio camino entre bautizar y ofrecer un táper de lentejas. Entre evangelizar y montar de la nada un comedor social por el que hoy circulan 300 personas todos los días.
¿Cómo duerme usted en paz con tantos problemas ajenos sobre sus carnes? “Eso mismo me pregunta mi madre. ¿Cómo aguantas, hijo? Pues aguanto con alegría. Soy un observador de milagros constantes: personas que cambian, personas que vuelven a sonreír, personas que entierran sus depresiones. Dios arregla muchos problemas”. Entre tripas que suenan, corazones maltratados, mujeres lapidadas en sus casas y agobios imposibles desde principios de mes, Horcajo va arreglando el barrio y va construyendo su sacerdocio, con la ayuda de muchos voluntarios generosos que nacieron para no mirar el reloj ni pedir nada a cambio.
Hace nueve años, cuando José Manuel llegó a este templo del lado oscuro de Madrid, decidió abrir la parroquia durante todo el día. Los vecinos entraban, rezaban, pedían catequesis, un bautismo, muchas confesiones, “y nos dimos cuenta de que había tanta pobreza a nuestro alrededor que teníamos que dar una respuesta, más allá de ofrecer una bolsa de comida de vez en cuando”.
Un ropero. Un comedor social. Un centro de orientación familiar, “porque veíamos que, para muchos, el detonante de sus miserias materiales eran problemas familiares muy gordos”. Objetivo: que las personas que se benefician de la obra social de la parroquia se sientan queridas y ayudadas. Y la fama de estos samaritanos urbanos del siglo XXI se fue corriendo de boca en boca. Efecto llamada. Oye, que es que en esta parroquia no sólo te dan comida, o te enseñan a rellenar un informe. ¡Que aquí te ayudan de verdad!
Yo he estado una tarde de primavera en este jardín. En la parroquia, personas que rezan y salitas llenas de grupos de personas en acción. En el edificio de enfrente, un comedor que prepara la cena, una biblioteca con 20 niños en clases de apoyo, y una charla para familias de discapacitados llena hasta la bandera cuando salgo, ya de noche, camino al Madrid que ahora me parece Matrix.
Raciones de alivio
En estos nueve años largos, pero épicos, José Manuel ha visto con los mismos ojos estómagos y almas. Aquí la crisis se nota en tres dimensiones. Mucho arroz, mucho atún y mucho nada más. Con la obra social de la parroquia, ahora las historias pobres conviven con el alivio.
Una mujer llora depresiva en su casa porque su vida no tiene consuelo. La montaña rusa de sus afectos le está pasando factura. El párroco, que tiene también servicio de atención domiciliaria, le ha visto y le ha tendido su mano. ¿Por qué no te vienes a cocinar al comedor social? ¡Necesitamos tu ayuda! Dudosa, acude a la llamada. Cocina. Y cocina bien. Después del servicio le dan las gracias y le aplauden sus dotes culinarias. Llora la señora de alegría “por sentirme útil”. Así sale una mujer de Puente de Vallecas de una depresión. Sin psiquiatras. Arropada por vecinos que no miran para otro lado.
Aquí, los curas son sacerdotes con el corazón rojo como la sangre que no se cansan de bombear pan, palabra e ilusión. Lo dice José Manuel haciendo balance: “Quizás suena a frase poética, pero yo me la creo de verdad: el Señor me ha casado con los pobres, y estoy encantado. Es algo que nunca jamás me podía imaginar”.

Los feligreses de este sagrado corazón de ladrillo visto están a gusto. Muchos han encontrado a Dios entre las bolsas de basura. Algunos han recuperado su dignidad. Otros, están en ello. Todos ven una luz potente al final del túnel.
Pero, claro, este emporio social tiene un precio. Muchas personas que no han encontrado una respuesta en los servicios sociales vienen aquí. A poner el cazo. Alquileres, luz, agua, comida. La solidaridad es gratis, pero las cosas cuestan. En concreto, cada mes de acción social le sale a Horcajo por 5.000 euros. Los donativos del principio van menguando y la nevera no se repone del todo. A estas alturas de la aventura, el párroco va cubriendo el 60 por ciento de la factura y él también necesita cheques sencillos para seguir remando en un mar de números rojos cada vez más acuciantes y donde nos es posible que se abran las aguas para huir hacia delante.
Al César, lo que es del César. Las deudas están ahí. Los beneficios, están claros. Todos los que pisan esta parroquia se llevan algo, aunque sea un premio de consolación. El propio Horcajo admira “que Dios me haya aumentado la paciencia, porque para servir a los demás hace falta una buena dosis de paciencia. Uno que te cuenta una cosa diez veces, otro al que debes explicarle un procedimiento en seis ocasiones. Una que se enfada y se va, pero vuelve. Otro que discute y monta un pollo, pero luego regresa, aunque sea sin pedir perdón”.
Paciencia y cintura.
Una mañana, Horcajo se toma un café en terraza. Habla con dos neocatecumenales sobre el arranque del Camino en su parroquia. Varias mesas más allá, tres punkis están de fin de fiesta, entre cigarros marchitos, latas vacías y mugre. Uno de ellos se sube a la cresta:
—¡Curaaaaaa, invítanos a cerveza!
José Manuel se levanta. Le tiemblan un poco las piernas, admite, porque a ver por dónde le sale el arrojo.
—¿Cómo que te invite a una cerveza? ¡Invítame tú, que yo tengo que dar de comer ahora a 200 personas del barrio! ¡A ver si me ayudas un poco!
—¡Anda, cura, estás mintiendo! ¡La iglesia miente! ¡No está con los pobres!
La chica punki del trío le pone firme a su colega:
—¡Calla! ¡Que es verdad que este cura da de comer a los pobres, que me vecina va allí a ese comedor social!
—¡Pues que nos inviten a una cerveza sus amigos, que deben ser del Opus!
Responde Horcajo: El del Opus soy yo.
Risa. Saludos. Y a seguir.
Este es el entorno. Un sacerdote del Opus Dei en un barrio para el que lo de menos es que sea del Opus Dei, porque los prejuicios no dan de comer. Al final, resume el párroco, “cuando tú te ordenas sacerdotes piensas, en teoría, que lo tuyo es dar la vida por todos y entregarte a favor de las personas que Dios te pone cerca. La gente que te rodea es la que marca tu estilo de sacerdote”.

Un muelle social para todos
El cura de barrio abre su parroquia al alba y la cierra casi después de que eche el pestillo el último bar. En medio, voces que piden auxilio. Pase, vamos a buscar su hueco, vamos a estudiar su caso, vamos a intentar no hacerle esperar. Un plato lleno. Un trabajo. Un techo. Aquí, el que llama encuentra un lugar donde agarrarse.
Más que en dar, Horcajo y su gente comprenden. No juzgan a la madre soltera, al drogadicto-colador, al alcohólico sin fronteras, a la prostituta barata, al mendigo-don-Simón. Esa es la taquilla de este parque de atracciones especialista en vidas-noria, historias-rusas, biografías-látigo, y muchos autos de choque que siempre se la pegan con los mismos.
En esta parroquia caben todos y no sobra nada. Pero faltan recursos para seguir azuzando el cotarro.
En esta parroquia, que yo lo he visto escuchando a Calista, a Elita, a Ángel y a José Manuel, la resurrección es un dogma de fe que se palpa con los ojos como platos. Porque ellos, y muchos otros, habían muerto después de tocar fondo, y han despertado del coma con el suero del cariño y la cirugía de una parroquia de campaña.

domingo, mayo 20, 2018

Madre de la Iglesia.


http://opusdei.org/es-es/article/maria-madre-de-la-iglesia-mater-ecclesiae-memoria/

Santa María, Madre de la Iglesia

El lunes después de Pentecostés la Iglesia celebra la Memoria de "María, Madre de la Iglesia". Ofrecemos algunos textos para considerar esa fiesta litúrgica.
DE LA IGLESIA Y DEL PAPA
Opus Dei - Santa María, Madre de la IglesiaIcono de María Madre de la Iglesia ("Mater Ecclesiae"), en la plaza de san Pedro (Roma).

Uno de los elementos arquitectónicos más recientes en la plaza de San Pedro es el mosaico dedicado a María "Mater Ecclesiae" junto con el texto Totus Tuus, una muestra más del cariño a la Virgen de san Juan Pablo II.

Texto del Papa Francisco
Me gustaría mirar a María como imagen y modelo de la Iglesia. Y lo hago recuperando una expresión del Concilio Vaticano II. Dice la constitución Lumen gentium: “Como enseñaba san Ambrosio, la Madre de Dios es una figura de la Iglesia en el orden de la fe, la caridad y de la perfecta unión con Cristo” (n. 63).
MARÍA VIVIÓ LA FE EN LA SENCILLEZ DE LAS MILES DE OCUPACIONES Y PREOCUPACIONES COTIDIANAS DE CADA MADRE
Partamos desde el primer aspecto, María como modelo de fe. ¿En qué sentido María es un modelo para la fe de la Iglesia? Pensemos en quién fue la Virgen María: una joven judía, que esperaba con todo el corazón la redención de su pueblo. Pero en aquel corazón de joven hija de Israel, había un secreto que ella misma aún no lo sabía: en el designio del amor de Dios estaba destinada a convertirse en la Madre del Redentor. En la Anunciación, el mensajero de Dios la llama “llena de gracia” y le revela este proyecto. María responde “sí”, y desde ese momento la fe de María recibe una nueva luz: se concentra en Jesús, el Hijo de Dios que se hizo carne en ella y en quien que se cumplen las promesas de toda la historia de la salvación. La fe de María es el cumplimiento de la fe de Israel, en ella realmente está reunido todo el camino, la vía de aquel pueblo que esperaba la redención, y en este sentido es el modelo de la fe de la Iglesia, que tiene como centro a Cristo, la encarnación del amor infinito de Dios.
¿Cómo ha vivido María esta fe? La vivió en la sencillez de las miles de ocupaciones y preocupaciones cotidianas de cada madre, en cómo ofrecer los alimentos, la ropa, la atención en el hogar… Esta misma existencia normal de la Virgen fue el terreno donde se desarrolla una relación singular y un diálogo profundo entre ella y Dios, entre ella y su hijo. El “sí” de María, ya perfecto al principio, creció hasta la hora de la Cruz. Allí, su maternidad se ha extendido abrazando a cada uno de nosotros, nuestra vida, para guiarnos a su Hijo. María siempre ha vivido inmersa en el misterio del Dios hecho hombre, como su primera y perfecta discípula, meditando cada cosa en su corazón a la luz del Espíritu Santo, para entender y poner en práctica toda la voluntad de Dios.
Podemos hacernos una pregunta: ¿nos dejamos iluminar por la fe de María, que es Madre nuestra? ¿O la creemos lejana, muy diferente a nosotros? En tiempos de dificultad, de prueba, de oscuridad, la vemos a ella como un modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y solamente nuestro bien? Pensemos en ello, ¡tal vez nos hará bien reencontrar a María como modelo y figura de la Iglesia por esta fe que ella tenía!
Llegamos al segundo aspecto: María, modelo de caridad. ¿De qué modo María es para la Iglesia ejemplo viviente del amor? Pensemos en su disponibilidad hacia su prima Isabel. Visitándola, la Virgen María no solo le llevó ayuda material, también eso, pero le llevó a Jesús, quien ya vivía en su vientre. Llevar a Jesús en dicha casa significaba llevar la alegría, la alegría plena. Isabel y Zacarías estaban contentos por el embarazo que parecía imposible a su edad, pero es la joven María la que les lleva el gozo pleno, aquel que viene de Jesús y del Espíritu Santo, y que se expresa en la caridad gratuita, en el compartir, en el ayudarse, en el comprenderse.
Nuestra Señora quiere traernos a todos el gran regalo que es Jesús; y con Él nos trae su amor, su paz, su alegría. Así, la Iglesia es como María, la Iglesia no es un negocio, no es un organismo humanitario, la Iglesia no es una ONG, la Iglesia tiene que llevar a todos hacia Cristo y su evangelio; no se ofrece a sí misma –así sea pequeña, grande, fuerte o débil- la Iglesia lleva a Jesús y debe ser como María cuando fue a visitar a Isabel. ¿Qué llevaba María? A Jesús. La Iglesia lleva a Jesús: ¡este el centro de la Iglesia, llevar a Jesús! Si hipotéticamente, alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, ¡esta sería una Iglesia muerta! La Iglesia debe llevar la caridad de Jesús, el amor de Jesús, la caridad de Jesús.
Hemos hablado de María, de Jesús. ¿Qué pasa con nosotros? ¿Con nosotros que somos la Iglesia? ¿Cuál es el amor que llevamos a los demás? Es el amor de Jesús que comparte, que perdona, que acompaña, ¿o es un amor aguado, como se alarga al vino que parece agua? ¿Es un amor fuerte, o débil, al punto que busca las simpatías, que quiere una contrapartida, un amor interesado?
MARÍA REZABA, TRABAJABA, IBA A LA SINAGOGA… PERO CADA ACCIÓN SE REALIZABA SIEMPRE EN PERFECTA UNIÓN CON JESÚS
Otra pregunta: ¿a Jesús le gusta el amor interesado? No, no le gusta, porque el amor debe ser gratuito, como el suyo. ¿Cómo son las relaciones en nuestras parroquias, en nuestras comunidades? ¿Nos tratamos unos a otros como hermanos y hermanas? ¿O nos juzgamos, hablamos mal de los demás, cuidamos cada uno nuestro “patio trasero”? O nos cuidamos unos a otros? ¡Estas son preguntas de la caridad!
Y un último punto brevemente: María, modelo de unión con Cristo. La vida de la Virgen fue la vida de una mujer de su pueblo: María rezaba, trabajaba, iba a la sinagoga… Pero cada acción se realizaba siempre en perfecta unión con Jesús. Esta unión alcanza su culmen en el Calvario: aquí María se une al Hijo en el martirio del corazón y en la ofrenda de la vida al Padre para la salvación de la humanidad. Nuestra Madre ha abrazado el dolor del Hijo y ha aceptado con Él la voluntad del Padre, en aquella obediencia que da fruto, que trae la verdadera victoria sobre el mal y sobre la muerte.
Es hermosa esta realidad que María nos enseña: estar siempre unidos a Jesús. Podemos preguntarnos: ¿Nos acordamos de Jesús sólo cuando algo está mal y tenemos una necesidad? ¿O tenemos una relación constante, una profunda amistad, incluso cuando se trata de seguirlo en el camino de la cruz?
Pidamos al Señor que nos dé su gracia, su fuerza, para que en nuestra vida y en la vida de cada comunidad eclesial se refleje el modelo de María, Madre de la Iglesia (Audiencia, 23 octubre 2013).

Textos de san Josemaría
- Hace falta que meditemos con frecuencia, para que no se vaya de la cabeza, que la Iglesia es un misterio grande, profundo. No puede ser nunca abarcado en esta tierra. Si la razón intentara explicarlo por sí sola, vería únicamente la reunión de gentes que cumplen ciertos preceptos, que piensan de forma parecida. Pero eso no sería la Santa Iglesia.
En la Santa Iglesia los católicos encontramos nuestra fe, nuestras normas de conducta, nuestra oración, el sentido de la fraternidad, la comunión con todos los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio —Iglesia purgante—, o con los que gozan ya —Iglesia triunfante— de la visión beatífica, amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí y, al mismo tiempo, trasciende la historia. La Iglesia, que nació bajo el manto de Santa María, y continúa —en la tierra y en el cielo— alabándola como Madre (‘El fin sobrenatural de la Iglesia’, en Amar a la Iglesia. 28-V-1972).
DIOS NOS LA ENTREGA COMO MADRE DE TODOS LOS REGENERADOS EN EL BAUTISMO, Y CONVERTIDOS EN MIEMBROS DE CRISTO: MADRE DE LA IGLESIA ENTERA
Viendo Jesús a María y al discípulo amado, que estaba allí, se dirige a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después habla con el discípulo: ahí tienes a tu Madre. Desde aquel momento la recibió el discípulo por suya. Y nosotros por nuestra. Dios nos la entrega como Madre de todos los regenerados en el Bautismo, y convertidos en miembros de Cristo: Madre de la Iglesia entera. Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros unidos a otros miembros, escribe San Pablo. La que es Madre del Cuerpo es Madre de todos los que se incorporan a Cristo, desde el primer brote de la vida sobrenatural, que se inicia en el Bautismo y se robustece con el crecimiento de los dones del Espíritu Santo (Artículo titulado ‘La Virgen del Pilar’. Publicado en Libro de Aragón, por la CAMP de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1976). También se recoge en Por las sendas de la fe (ed. J. A. Loarte) ed Cristiandad.
- Seguramente también vosotros, al ver en estos días a tantos cristianos que expresan de mil formas diversas su cariño a la Virgen Santa María, os sentís más dentro de la Iglesia, más hermanos de todos esos hermanos vuestros. Es como una reunión de familia, cuando los hijos mayores, que la vida ha separado, vuelven a encontrarse junto a su Madre, con ocasión de alguna fiesta. Y, si alguna vez han discutido entre sí y se han tratado mal, aquel día no; aquel día se sienten unidos, se reconocen todos en el afecto común (Es Cristo que pasa, 139, 3).
- Alzo en este momento mi corazón a Dios y pido, por mediación de la Virgen Santísima -que está en la Iglesia, pero sobre la Iglesia: entre Cristo y la Iglesia, para proteger, para reinar, para ser Madre de los hombres, como lo es de Jesús Señor Nuestro-; pido que nos conceda esa prudencia a todos, y especialmente a los que, metidos en el torrente circulatorio de la sociedad, deseamos trabajar por Dios: verdaderamente nos conviene aprender a ser prudentes (Amigos de Dios, 155, 2).
- Me gusta volver con la imaginación a aquellos años en los que Jesús permaneció junto a su Madre, que abarcan casi toda la vida de Nuestro Señor en este mundo. Verle pequeño, cuando María lo cuida y lo besa y lo entretiene. Verle crecer, ante los ojos enamorados de su Madre y de José, su padre en la tierra. Con cuánta ternura y con cuánta delicadeza María y el Santo Patriarca se preocuparían de Jesús durante su infancia y, en silencio, aprenderían mucho y constantemente de Él. Sus almas se irían haciendo al alma de aquel Hijo, Hombre y Dios. Por eso la Madre —y, después de Ella, José— conoce como nadie los sentimientos del Corazón de Cristo, y los dos son el camino mejor, afirmaría que el único, para llegar al Salvador.
Que en cada uno de vosotros, escribía San Ambrosio, esté el alma de María, para alabar al Señor; que en cada uno esté el espíritu de María, para gozarse en Dios. Y este Padre de la iglesia añade unas consideraciones que a primera vista resultan atrevidas, pero que tienen un sentido espiritual claro para la vida del cristiano. Según la carne, una sola es la Madre de Cristo; según la fe, Cristo es fruto de todos nosotros[1].
Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con El por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual. En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y Dios.
Su mucho amor a Nuestra Señora y su falta de cultura teológica llevó, a un buen cristiano, a hacerme conocer cierta anécdota que voy a narraros, porque —con toda su ingenuidad— es lógica en persona de pocas letras.
Tómelo —me decía— como un desahogo: comprenda mi tristeza ante algunas cosas que suceden en estos tiempos. Durante la preparación y el desarrollo del actual Concilio, se ha propuesto incluir el tema de la Virgen. Así: el tema. ¿Hablan de ese modo los hijos? ¿Es ésa la fe que han profesado siempre los fieles? ¿Desde cuándo el amor a la Virgen es un tema, sobre el que se admita entablar una disputa a propósito de su conveniencia?
LA MADRE DE DIOS Y, POR ESO, MADRE DE TODOS LOS CRISTIANOS, ¿NO SERÁ MADRE DE LA IGLESIA, QUE ES LA REUNIÓN DE LOS QUE HAN SIDO BAUTIZADOS Y HAN RENACIDO EN CRISTO?
Si algo está reñido con el amor, es la cicatería. No me importa ser muy claro; si no lo fuera —continuaba— me parecería una ofensa a Nuestra Madre Santa. Se ha discutido si era o no oportuno llamar a María Madre de la Iglesia. Me molesta descender a más detalles. Pero la Madre de Dios y, por eso, Madre de todos los cristianos, ¿no será Madre de la Iglesia, que es la reunión de los que han sido bautizados y han renacido en Cristo, hijo de María?
No me explico —seguía— de dónde nace la mezquindad de escatimar ese título en alabanza de Nuestra Señora. ¡Qué diferente es la fe de la Iglesia! El tema de la Virgen. ¿Pretenden los hijos plantear el tema del amor a su madre? La quieren y basta. La querrán mucho, si son buenos hijos. Del tema —o del esquema— hablan los extraños, los que estudian el caso con la frialdad del enunciado de un problema. Hasta aquí el desahogo recto y piadoso, pero injusto, de aquella alma simple y devotísima.
Sigamos nosotros ahora considerando este misterio de la Maternidad divina de María, en una oración callada, afirmando desde el fondo del alma: Virgen, Madre de Dios: Aquel a quien los Cielos no pueden contener, se ha encerrado en tu seno para tomar la carne de hombre[2].
Mirad lo que nos hace recitar hoy la liturgia: bienaventuradas sean las entrañas de la Virgen María, que acogieron al Hijo del Padre eterno[3]. Una exclamación vieja y nueva, humana y divina. Es decir al Señor, como se usa en algunos sitios para ensalzar a una persona: ¡bendita sea la madre que te trajo al mundo! (Amigos de Dios, nn. 281-283).

jueves, mayo 17, 2018

Del Espíritu Santo.




Himno al Espíritu Santo
Ven, Espíritu Divino,
Manda tu luz desde el Cielo.
Padre amoroso del pobre,
don, en tus dones espléndido;
luz que iluminas las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso en nuestros esfuerzos,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Llega hasta el fondo del alma
Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vació del alma
Si Tu le faltas por dentro.
Mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazon enfermo,                                           
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo.
Doma al espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero,
reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su éxito.
Salva al que buscar salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amen.


Secuencia al Espíritu Santo
Ven, Espíritu Creador
y envía desde el Cielo
un rayo de tu luz.
Ven, Padre de los pobres,
ven a darnos tus dones,
ven a darnos tu luz.
Consolador lleno de bondad,
dulce huésped del alma,
suave alivio para el hombre.
Descanso en el trabajo,
templanza de las pasiones,
alegría en nuestro llanto.
Penetra con tu santa luz
en lo intimo de los corazones de
tus fieles.
Sin tu ayuda divina
no hay nada en el hombre,
nada que sea inocente.
Lava nuestras manchas,
riega nuestra aridez,
cura nuestras heridas,
suaviza nuestra dureza,
enciende nuestra v frialdad,
corrige nuestros desvíos.
Concede a tus fieles que en Ti
confían
tus siete sagrados dones.
Premia nuestra virtud,
salva nuestras almas,
danos la eterna alegría.
Amén. Aleluya

martes, mayo 15, 2018

Javier Cercas y la pesadilla catalana.



https://elpais.com/elpais/2018/05/14/opinion/1526318502_232076.html

Resultado de imagen de cataluña








Basta ya, fascistas xenófobos!!!!!!!!!!


Hasta aquí, el asco y la vergüenza; ahora viene el miedo. Porque el señor Torra ha prometido en el Parlamento catalán hacer exactamente lo mismo que, en nombre de la democracia y sin el más mínimo respeto por la democracia, hizo su antecesor en la presidencia de la Generalitat, lo mismo que en otoño pasado llevó a Cataluña, tras el golpe desencadenado el 6 y 7 de septiembre, a vivir dos meses de locos durante los cuales el país se partió por la mitad y quedó al borde del enfrentamiento civil y la ruina económica (una ruina que algunos economistas consideran en voz baja difícil de evitar: una muerte lenta). Por supuesto, este xenófobo entusiasta de un partido fascista o parafascista y violento se halla en condiciones de cumplir su ominosa promesa, porque a partir de su toma de posesión tendrá en sus manos un cuerpo armado compuesto por 17.000 hombres, unos medios de comunicación potentísimos, un presupuesto de miles de millones de euros y todos los medios ingentes que la democracia española cedió al Gobierno autónomo catalán, además de cosas como la educación de decenas de miles de niños. Dicho lo anterior, sólo puedo añadir que me sentiría mucho más tranquilo si el presidente de la Generalitat fuera un paciente escapado del manicomio de Sant Boi con una sierra eléctrica en las manos.
A veces la historia no se repite como comedia, según creía Marx, sino como pesadilla; es lo que está ocurriendo ahora mismo en Cataluña. El señor Torra lleva razón en una cosa: de un tiempo a esta parte, todo el nacionalismo catalán y dos millones de catalanes parecen haber abrazado las ideas que en los años treinta defendían Estat Català y Nosaltres Sols!; la mayoría de los separatistas no lo saben, claro está, pero eso explica que nuestro nuevo presidente sea el señor Torra. O dicho de otro modo: ayer tomaron el poder en Cataluña aquellos a quienes la mayor parte del nacionalismo catalán, desde los años treinta hasta hace muy poco, consideraba extremistas peligrosos, cuando no directamente descerebrados. En estas circunstancias, no sé si merece ya la pena pedir ayuda a un Gobierno español que ni siquiera ha sido capaz de explicar a la opinión pública europea qué es lo que está pasando en Cataluña; se la pido al Estado democrático, a los europeos, a los españoles y a los catalanes de buena fe —incluidos los separatistas catalanes de buena fe—: hay que parar esta pesadilla.
Javier Cercas es escritor.

sábado, mayo 12, 2018

Y mi libertad? Homilía del prelado en la memoria del Beato Alvaro.



http://opusdei.org/es-es/document/homilia-prelado-opus-dei-alvaro-del-portillo/

«¿Qué sería de mi libertad si se la entrego a Dios, y por Él, a los demás?»

Reproducimos la homilía que Mons. Fernando Ocáriz ha pronunciado en la memoria litúrgica del beato Álvaro. La celebración eucarística ha tenido lugar en la basílica de san Eugenio (Roma).
HOMILÍAS
Opus Dei - «¿Qué sería de mi libertad si se la entrego a Dios, y por Él, a los demás?»
Homilía en la memoria litúrgica del beato Álvaro
12 de mayo 2018
(1ªL: Ez 34,11-16; Sal 22; Ev: Jn 10,11-16)
Este es el siervo fiel y prudente, a quien el Señor ha puesto al frente de su casa (cfr. Lc 12,42). Estas palabras del canto de entrada nos introducen con sentimientos de alegría y piedad en esta celebración.
Sí, el beato Álvaro fue un siervo fiel que gastó su vida en ser apoyo y luego sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei. Él fue un hijo leal de la Iglesia. Como escribía el Papa Francisco con ocasión de la beatificación de don Álvaro: “Especialmente destacado era su amor a la Iglesia, esposa de Cristo, a la que sirvió con un corazón despojado de interés mundano, lejos de la discordia, acogedor con todos y buscando siempre lo positivo en los demás, lo que une, lo que construye. Nunca una queja o crítica, ni siquiera en momentos especialmente difíciles, sino que, como había aprendido de san Josemaría, respondía siempre con la oración, el perdón, la comprensión, la caridad sincera”[1]. Nos podemos preguntar ahora, ¿es esta mi actitud habitual en mi vida diaria, ante las dificultades o los problemas?
Hombre fiel y prudente, así era el beato Álvaro. Por eso acudo ahora a su intercesión para que el Señor nos haga a todos fieles y prudentes. Pidámosle la virtud de la prudencia para ser, en todo momento, fieles al Evangelio ante las circunstancias cambiantes de tiempo y de lugares. Una fidelidad con la que no seguimos a una idea, sino a una Persona: a Cristo Jesús, Señor nuestro, que da un siempre nuevo horizonte a la vida de cada una y de cada uno.
La liturgia de la Palabra de esta celebración nos presenta la figura del Buen Pastor. En la primera lectura, Dios habla a través del profeta Ezequiel: "Como un pastor vela por su rebaño, así velaré yo por mis ovejas. Las reuniré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas" (Ez 34,12). Luego, en el Evangelio de san Juan, la figura del pastor se concreta: “Yo soy el buen pastor [...] y doy mi vida por las ovejas” (Jn 10,14-15).
En efecto, Él, Jesús, es verdaderamente quien da la vida por sus ovejas, quien va tras la oveja descarriada y quien la conduce hacia fuentes tranquilas, como reza el salmo responsorial (cfr. Sal 22). Amar a los hombres que le han sido confiados, tal como los ama Cristo, es una de las características fundamentales de un buen pastor. Así vivió a lo largo de su existencia el beato Álvaro: con su actitud acogedora, comprensiva y llena de paz. Porque “quien está muy metido en Dios sabe estar muy cerca de los hombres. La primera condición para anunciarles a Cristo es amarlos, porque Cristo ya los ama antes. Hay que salir de nuestros egoísmos y comodidades e ir al encuentro de nuestros hermanos”[2].
NOS PODEMOS PREGUNTAR: ¿QUÉ SERÍA DE MI LIBERTAD SI SE LA ENTREGO A DIOS, Y POR ÉL, A LOS DEMÁS?
Nos podemos preguntar: ¿Por qué salir de nuestros egoísmos y comodidades? ¿Acaso no es algo que choca con los estándares actuales de felicidad? ¿Qué sería de mi libertad si se la entrego a Dios, y por Él, a los demás? O incluso, en términos de utilidad, algo muy propio de nuestra sociedad moderna: ¿qué gano si me decido a olvidarme de mí mismo, a entregarme a los demás? Estas preguntas nos hablan de una cuestión fundamental: solo acogiendo el don de Dios, se encuentra la verdadera felicidad.
La felicidad se expresa en la alegría; y la alegría cristiana -en palabras de san Josemaría- tiene "raíces en forma de Cruz"[3]; es alegría "en el Señor" (cfr. Flp 4,4): la que Jesús nos ha ganado en la Cruz. Esta alegría es capaz no sólo de permanecer, sino de crecer, ante las dificultades y sufrimientos, por la fuerza de la fe, de la esperanza y del amor. Así lo hemos podido ver en la vida del beato Álvaro, buen pastor de sus hijas y de sus hijos.
Acudamos en este mes de mayo a Santa María, Virgo fidelisVirgo prudentissima, para que nos ayude a crecer en la prudente fidelidad de saber y querer dar, día a día, la vida por los demás, con alegría.
Así sea.